Para aquellos que no lo hayan leído esta semana pasada, los resultados de una prueba internacional de estudiantes están disponibles y son francamente malos (no quiero decir desalentadores, porque debieran ser lo contrario: una patada estratégicamente ubicada en el el “tujes” para empezar a moverse hacia adelante). Sobre 57 países evaluados, Argentina cae al puesto 53 en lectura, 52 en matemática y 51 en comprensión de ciencia.
Sería fácil exharle la culpa a Filmus sobre esto pero, si bien tiene su parte de responsabilidad, esto no es una cuestión de 4 años a esta parte. El problema quizás esté en esta frase:
Para el ministro de Educación, Daniel Filmus, los diferentes resultados entre países de América latina se deben a la continuidad política que algunos han tenido. “Chile y Uruguay tuvieron coherencia en las gestiones educativas y una tradición de trabajo fuerte. La Argentina, en cambio, tuvo 34 ministros de educación en 55 años”, dijo a LA NACION Filmus. Y añadió: “Definitivamente, la futura gestión deberá enfocarse en la calidad educativa”.
Es cierto que 34 ministros en 55 años es demasiado – aún cuando muchos de esos ministros fueron figuritas itnercambiables durante gobiernos militares cuando, si bien cambiaban los ministros, la política educativa se mantuvo sin grandes cambios (en línea con la idea conservadora del Proceso). Pero lo que la frase indica es algo que me preocupa más: el pensamiento de que los gobiernos de turno - pensamiento que parece que Filmus comparte - es que el Ministro de Educación tiene derecho de introducir cambios fundamentales al sistema educativo, los que el Congreso ha convertido en ley una y otra vez.
En realidad el sistema en sí debiera ser mucho más inmune a la circunstancia política. El Ministro debiera ser más cercano a un administrador de la Educación, revisando tendencias y ajustando de acuerdo a ellas, pero no injertando cambios que tiren la casa por la ventana cada 4 años (o, a veces, cada menos) de acuerdo a la tendencia política de la Casa Rosada. Y el Congreso debiera actuar como perro guardián del sistema, inyectando cautela en todo proceso de cambio, en vez de simplemente seguir el mandato de la Presidencia.
Porque, en gran parte, esta caída me parece que tiene que ver con los cambios que gobierno tras gobierno ha instaurado en el sistema educativo argentino en los últimos 25 años, los cuales han tenido una característica constante: el confundir acceso igualitario con facilismo.
Años atrás, cuando la Argentina se enorgullecía de sus niveles de alfabetismo y de la cultura general de su población, los colegios secundarios tenían exámenes de ingreso (yo mismo tuve que pasar exámenes de lectura, escritura y matemática para entrar al secundario en 1981). Los chicos se llevaban materias a Marzo. Las notas se marcaban de 1 a 10. Las faltas de disciplina en el colegio se penalizaban con más dureza. Las universidades públicas tenían exámenes, y encima cupos – con lo cual era importante terminar hacia arriba en la clasificación. En definitiva: existían consecuencias.
El sistema estaba muy lejos de ser perfecto. No existía, por ejemplo, un sistema organizado de ayuda gratuita para preparación para los exámenes de ingreso para que todos llegaran con las mismas oportunidades. No existía una definición de cual era el camino para aquellos que no pasaban los exámenes, salvo repetir. No existía un sistema de estándares de escuelas a nivel nacional, para asegurarnos que los mismos estándares se mantuvieran en todo el país.
Enfrentados con estas falencias, y temiéndole a todo lo que oliera a estricto o represivo, los gobiernos de 1983 a esta parte han erosionado una y otra vez este sistema, en nombre del acceso igualitario. Pero igualdad sin excelencia termina siendo mediocridad, y esto es a lo que nos estamos enfrentando ahora.
Es natural que esto suceda, por un tiempo limitado, luego de un período represivo como el de los años 70 – luego de muchos años frenado en un extremo, el péndulo toma fuerza en el sentido contrario. Pero también es natural que, con el tiempo y una vez superado el trauma de la represión, la sociedad vuelva de a poco a implementar premios y castigos en todos los niveles, incluyendo la educación pública. Desgraciadamente al eternizar en el imaginario popular la herida de la represión (algo de lo cual el gobierno de Kirchner es notoriamente culpable y beneficiario político) y al acostumbrar a los argentinos a un sistema fácil; se eterniza también la resistencia a todo aquello que parezca organizado, a aquello que nos haga la vida más difícil.
Lo que no se entiende que una vida fácil es, en realidad, un espejismo. El mundo laboral sigue exigiendo excelencia, y aquellos que no logran llegar a esos niveles se encontrarán con que un título no les otorga las oportunidades que piensan. Y las caídas y papelones internacionales seguirán creciendo. Aunque considerando que sólo tenemos por debajo a Azerbaiján, Qatar y Kyrgyzstán no nos queda mucho por caer.
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