22/6/08

Margot y la boda (Margot at the wedding, 2007)

Margot y la boda
Hay ciertas películas que no se pueden definir o calificar en base a su argumento, sus actuaciones o sus rubros técnicos; sino que es más justo referir al estado emocional que despiertan en el espectador. Es el caso de “Margot y la boda”, y por tanto me ofrezco a dar mi resultado como guía: vi el filme con interés pero sin creerlo lo mejor, salí del cine madrileño a unos 35 grados de calor sintiéndome en un invierno interior, y a las tres cuadras se me llenaron los ojos de lágrimas.

La historia es pequeña y como en muchos filmes intimistas (vienen a la memoria incontables filmes franceses, los Bergmans más intimistas y sus ecos en Woody Allen, y “La ciénaga” de Lucrecia Martel) casi sin importancia. Margot es una escritora de cierto éxito que junto a su hijo adolescente viaja a la casa familiar para presenciar la nueva boda de su hermana, con la cual no se habla desde hace un tiempo. Lo que importa es la maraña de sentimientos e interacciones entre estos personajes, todos dañados de maneras visible o invisible, generalmente por alguna otra persona en este núcleo.

Las relaciones demostradas aquí son tan complejas como las que se ven en la vida real, sobre todo en el tira y afloja de las dos hermanas centrales, que tanto compiten por establecer su primacía como al mismo tiempo se buscan para combatir la soledad; quizás entendiendo que la otra las conoce como nadie. Kidman como Margot comete quizás las crueldades más grandes entre las dos, revelando secretos y traicionando confianzas casualmente, utilizando los secretos de familia como inspiración novelística; pero es difícil verla como una villana: su Margot parece no darse cuenta de nada más allá de sí misma, y es claro que utiliza la verdad como excusa por su falta de empatía y su ceguera emocional (debo decir que una línea en la que se defiende diciendo “bueno, dije la verdad, ¿no es eso lo más importante?” me pegó cerca; por haberla visto usada antes entre miembros de mi propia familia). Su vacío emocional la lleva a forjar un vínculo dañino con su hijo, al que acerca y aleja a discreción con cierta crueldad, lo mejor para mantenerlo vulnerable.

No es esta una película esperanzadora, y quizás la resolución (quietamente devastadora, eliminando la esperanza de una evasión del futuro de este círculo vicioso de disfunción) es lo que me ha dejado el gusto más amargo. Y la explicación de esas lágrimas atrasadas.

El elenco es impecable, sobre todo en las actuaciones de Jennifer Jason Leigh como Pauline (la hermana de la boda) y Zane Pais como el hijo de Margot. La fotografía lavada ayuda a esa sensación de páramo, donde los mejores sentimientos van a morir.

Nota: En Argentina este filme no fue lanzado en salas, pero se encuentra en DVD editado por AVH

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14/6/08

Sex and the City (2008)

Sex and the City
Al salir de la proyección de Sex and the City, una pregunta me martillaba en el cerebro, una y otra vez: ¿Esto es todo?

No me refiero a los ridículos 145 minutos que dura el filme, que bien pudieran haberse acortado en 30 o 40. Ni a la presencia en pantalla de las cuatro actrices principales, las cuales tienen amplios minutos y algunos buenos momentos. Lo que me deprimió de “Sex and the City” en su versión fílmica es la visión reduccionista que ensaya sobre el género femenino. Estas cuatro mujeres se definen en base a un y sólo un aspecto: sus hombres. Triste.

Triste porque si el cine es una máquina de sueños, en la que la audiencia ve reflejados sus más íntimos e inalcanzables deseos, entonces bien diría que la evidencia durante estas dos horas y media marca que el género femenino ha vuelto atrás en los últimos treinta años. Ya en el comienzo, Carrie propone que las mujeres vienen a Nueva York en busca de dos cosas: etiquetas (es decir, moda de nombre) y amor. ¿En serio? ¿Es posible que no entre en la ecuación la carrera, el deseo de abrirse paso en el mundo en base al talento propio, la independencia? ¿Puede ser que lo único que importe sea con quien están casadas o quién tiene el placard más grande?

Es un fenómeno extraño el artefacto cultural que, pasando de la pantalla chica a la gigante, termina achicándose en sus ambiciones. En sus seis temporadas en HBO, la serie tuvo mucho de comedia (mucho más que el filme, que se apoya más en el drama), mucho de sátira social al consumo desenfrenado, una mirada bastante adulta sobre los vaivenes relacionales de las mujeres entre 20 y 40 y, por supuesto, bastante sexo. Y durante esas seis temporadas, las cuatro protagonistas formaron personalidades definidas y multifacéticas, pasando por la esfera laboral, de las ambiciones, de las relaciones interpersonales y del amor. Fueron seis años de una serie que seguí a rajatabla y volví a ver repetidas veces; tan ricas y variadas eran sus historias y tan abiertos sus desenlaces.

Pero ahora, bien entrado el 2008, la pluma de Michael Patrick King parece haberse secado y nuestras heroínas se definen no tanto en base a ellas mismas o sus interacciones con otras mujeres, sino lisa y llanamente en relación a sus hombres: Miranda en sus problemas con Steve, Carrie con Big, Samantha con Smith (Charlotte, bien gracias: a su personaje le tiran un embarazo a las dos horas como para darle algo que hacer). Esto hace que el retrato de la relación de estas cuatro amigas sufra: sus charlas no son ya tanto de igual a igual, viendo con asombro al mundo masculino que las rodea, como era antes; sino que se ha vuelto un recuento de que debieran o no debieran hacer para ser felices en sus relaciones de pareja. Nunca tantas hablaron de tan poco.

¿Cómo hemos vuelto a una época en que cuatro mujeres adultas y supuestamente independientes se definen en base a “Señora de”? ¿Y quienes son estos hombres tan apetecibles como para definir vidas en base a ellos, que sólo aparecen en pantalla con cinco líneas cada uno? La respuesta quizás esté en algún estudio sociológico afuera de la sala. Esta película, en su visión materialista y reducida del mundo femenino, ni siquiera intenta formularla.

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8/5/08

Imposible?

Parece que se viene “Misión: Imposible 4”. A esta altura, ¿no debiera llamarse “Misión bastante probable”?

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6/5/08

Then she found me (2008)

Then She Found Me
Se necesitan muchas agallas en el Hollywood actual para aparecer en pantalla como lo hace Helen Hunt a unos 20 minutos del comienzo de esta película: totalmente real, con cara de no haber dormido, un rictus en su boca, y el cabello desaliñado. Se entiende el por qué: April Epner llega esa mañana a su trabajo de maestra luego de que su marido (Matthew Broderick) la abandone mientras su madre está en el hospital. Pero aún así es impresionante la dedicación de Hunt a esta historia: muchas otras actrices hubieran optado simplemente por el cabello un poco enmarañado, pero el resto todo reluciente. En los siguientes minutos las cosas se van a complicar aún más: la muerte de su madre adoptiva, una madre biológica que reaparece (Bette Midler) y un divorciado con dos hijos y bastante equipaje emocional (Colin Firth) arman una madeja de la cual Hunt tiene que encontrar el comienzo y el final de cada hilo.

En Then She Found Me, existen muchos de esos momentos en que uno se olvida de que esto es un filme y las hilachas de la vida real se entremezclan con elementos más predecibles. Un momento de debilidad en el asiento trasero del auto con su ex-marido, el ataque de furia de ese pretendiente hasta entonces casi perfecto, o la herida de estar del lado receptor de una mentira – todos están manejados con sutileza y amor por los personajes, a pesar de sus evidentes fallas. Hunt (asumiendo la dirección y la coautoría del guión, aparte del rol principal) demuestra tener un muy buen ojo para evitar los lugares comunes. Su mano también es evidente en lograr que Bette Midler, quien suele atropellar cuanto filme se le pone en medio, tome su lugar en la historia sin monopolizarla. Firth, generalmente encasillado en el papel de príncipe azul (véase Love Actually y sus infinitas variantes) logra armar una imagen convincente de su papel – herido, confuso, aunque todavía dispuesto a amar.

Pero es Hunt al fin y al cabo quien se lleva los laureles en esta historia de crecer para aceptar la realidad en reemplazo de algún sueño imposible. Muy recomendable.

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16/3/08

Encantada (Enchanted, 2007)

Enchanted
En los últimos años todo el mundo se ha divertido ridiculizando a las películas de Disney, a partir sobre todo del fenómeno Shrek. Todo el mundo, claro está, menos la misma Disney – así que quizás era hora que el estudio decidiera tomarse un poco en solfa a sí mismo a través de una de sus tradiciones más preciadas: los cuentos de princesas encantadas. Sea “Blancanieves”, “Cenicienta”, “La Bella Durmiente” o muchas otras obras menores, Disney siempre se ha hecho cargo de hacer realidad la fantasía preferida de nuestras niñas: la de la muchacha que, contra todos los contratiempos, llega a una vida de plenitud vía una bonita corona y un príncipe que la quiera (y la salve). Si esto suena a telenovela de la tarde, es porque en realidad lo es. Lo único que cambia es la edad del target.

“Encantada” comienza como una de estas tantas películas de Disney – en un bosque animado, con animalitos que cantan junto a la bella Giselle mientras espera conocer a su príncipe encantado. Una vez que lo conoce, entra en juego la madrastra (siempre con las madrastras – ¿será una publicidad encubierta contra las segundas nupcias?) que para librarse de ella y quedarse con el trono de por vida la empuja por un pozo a una tierra sin finales felices. Que termina siendo Nueva York, alcantarilla mediante.

El material no es totalmente nuevo y mucha de la comedia (enfrentando a la inocente Giselle con las realidades de la vida real, y los intentos de la madrastra y sus secuaces de terminar de eliminarla) tampoco, pero funciona, y muy bien, gracias a la actuación de Amy Adams. Con un carisma impresionante, unos ojos azules que siempre parecen sonreír y verlo todo por primera vez y una manera de moverse que realmente captura la esencia de las princesas animadas, Adams lleva adelante la película y no deja que decaiga. Patrick Dempsey es el galán que, a su pesar, termina ayudándola y recuperando su capacidad de amar. Y James Marsden es el príncipe - bastante lento de ideas, dicho sea de paso – que la viene a buscar para llevarla de vuelta a su reino animado.

Un par de cosas que no me funcionaron – uno, que la escena final con dragón y todo se me hace innecesaria (la película podría tranquilamente haber cerrado con el beso de su verdadero amor, sin perder nada importante). La parte animada del principio me parece que se hubiera beneficiado de una producción un poco más grande – se ve como Disney de segunda, que quede claro. Y un poco desperdiciada la presencia de Susan Sarandon, a quien le podrían haber dado algo un poco más complejo para hacer. Pero la película se lleva bien, y para qué protestar contra un final feliz.

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16/2/08

Sweeney Todd: el barbero demoníaco de la calle Fleet (2008)

Sweeney Todd
Nota: Esta critica entra en profundidad sobre el contenido del filme y el musical original - como tal, contiene spoilers

¿Que se pierde al reducir un musical de casi 3 horas a una película de 2? En el caso de “Sweeney Todd”, la nueva película de Tim Burton basada en el musical de Stephen Sondheim, la respuesta es clara: complejidad y calidez humana.

Caveat emptor: empiezo esta crítica con un viso un poco sesgado. En mi opinión, Sondheim es quizás el mejor compositor del siglo XX. Sus musicales no sólo cambiaron la cara de la venerable forma de Broadway: le dieron profundidad, rango emocional; aparte de algunas bellas canciones por el camino. Sondheim tomó el musical de Broadway y lo usó como una plataforma para tocar temas mucho más grandes que la vieja historia de “muchacho conoce chica”. Y “Sweeney Todd” es su apogeo – un grand guignol que toca temas de venganza, obsesión, comercio y una cierta deshumanización de la sociedad industrial; donde cada personaje tiene una multitud de matices que hace que ninguno esté con los dos pies en el mismo campo todo el tiempo. Casi no hay inocentes en el mundo de Sondheim, pero tampoco hay villanos fundamentales: sólo seres humanos que sucumben a instintos y sentimientos que debieran controlar, en un mundo a media sombra.

La película de Burton se planta derecho en los dos primeros temas y deja de lado los demás – Sweeney (Depp, aterrador) es una pintura de la obsesión desde su llegada a Londres hasta la escena final, trazando una línea recta de venganza contra el hombre que le robara la vida. No hay viaje en el personaje de Depp – Sweeney ha llegado a la locura homicida antes de comenzar la película, y ahí se queda, los ojos duros durante toda la proyección. La Sra Lovett (Bonham Carter, en una actuación de soberanos altibajos) tiene su propia obsesión – el propio Sweeney, ese barbero antes llamado Benjamín Barker, que vivía sobre su restaurante y por el que “siempre tuvo alguna debilidad”. El mismo juez Turpin (Rickman, seguro como siempre) está obsesionado con Johanna, la hija de Sweeney a la que crió como su cautiva / protegida – luego de deshacerse de su padre y violar a su madre, claro está.

En muchos casos se puede defender una simplificación para el cine: ya bastante duro es meter gente en las butacas para un musical, imagínense un musical cuyos temas no se pueden explicar en dos frases. El problema está cuando en la reducción, los personajes dejan de ser humanos para volverse arquetipos.

En este traspaso, sufren las motivaciones de los personajes. Turpin - en el original un falso piadoso, que se autoflagela literalmente por desear a Johanna (“cálmate, perro” se cantaba en el musical de Sondheim, mientras se da azotes antes de sucumbir nuevamente a sus instintos más bajos) - se vuelve simplemente un villano de punta a punta que manda a niños a la horca. La Sra. Lovett también se vuelve más cruel, y menos querible: en la obra es un monstruo accidental; una mujer en la segunda mitad de su vida que conserva una cierta cualidad de niña egoísta, pero que aun asi parece incapaz de desearle mal a nadie. Lo suyo no es mala intención – es ceguera ética; el no entender que el mundo tiene otros seres humanos aparte de ella y su amado. El resultado es que cuando la Sra Lovett canta que no ha querido herir a Sweeney con sus mentiras sino protegerle, es mucho más difícil de creerle en esta nueva pasada (parte de esto no es error de Bonham Carter, sino de un poco feliz cambio en el papel de la pordiosera, mucho más claramente loca e insoportable en la versión escénica). Johanna y Anthony, los jóvenes amantes, ni siquiera tienen tal suerte – los números musicales en los que se exploraban sus sentimientos han sido eliminados y se vuelven solamente un Deus Ex Machina para hacer que el juez llegue a su final a manos de Sweeney Todd. El resultado es que viendo la obra nos sentimos conflictuados: sentimos placer con las ideas grotescas de la Sra Lovett y hasta la queremos en su falta de visión al imaginar un futuro feliz con Sweeney, tenemos tristeza moral por el carácter corrupto de Turpin, nos choca la estupidez de Johana al querer escapar de una mala situación a través de un desconocido, vemos claramente cómo Sweeney pierde su humanidad con cada cuello degollado hasta el punto de olvidar su razón para degollar (“te extraño menos cada día”, le canta a la memoria de Johanna en medio de la masacre). El filme no tiene esos medios tonos - es mas blanco y negro: los espectadores están a salvo de reconocerse en estos personajes.

Poco ha quedado también del humor satírico de la obra, mucho derivado del placer que estos dos asesinos encuentran en su matanza cotidiana. La hilarante “A little priest” (un paseo imaginario por el sabor de cada profesión humana, una vez convertida la víctima en pastel) debiera tener un sentido de juego: la Sra. Lovett y Sweeney se excitan con las posibilidades de su plan y se regodean en el “servicio” que le van a prestar a la humanidad, y ríen felices sobre cada sarcástico sabor. Son, por un vano momento, felices. El mismo problema existe en el otro número importante de Bonham Carter – “The worst pies in London”. En lugar de la eterna optimista con pocos trazos de conciencia que debiera ser la Sra Lovett, sacándose alegremente el sombrero ante el ingenio de la competencia, que usa gatos (los cuales son demasiado rápidos para que ella los atrape), tenemos una queja cansina de una mujer vencida. No es un cambio pequeño de aceptar - y no entiendo como Bonham se fue tan lejos del carácter de la Sra Lovett, a menos que Burton lo haya instigado.

El humor también tenía otro efecto en el musical de Sondheim – fuertemente cargado sobre los primeros dos tercios de la obra y absolutamente ausente en la última hora, hacía que la masacre del segundo acto fuera mucho más chocante, afectándonos a un nivel primario. Como un chico que recibe un paquete de caramelos seguido de una sarta de sopapos, Sondheim nos dejaba llorando por más de una razón. Era ver un grupo de vidas, completas en todas sus facetas, corriendo hacia la alcantarilla con la sangre de las víctimas. No hay lágrimas ni angustia existencial al final de este “Sweeney”, no hay pathos. La película nos deja en el mismo lugar que nos encontró - las obsesiones y falencias de estos personajes son sólo suyas, y no hay dudas de que son muy distintos a nosotros.

Este Sweeney es, entonces, un animal diferente: un filme directo de horror sobre una venganza homicida (con canciones). En estos - algo menores - términos, se defiende admirablemente bien. Burton se tira a la pileta re-imaginando el material como puro cine y no una filmación de una obra de teatro. Las canciones se han acortado, reordenado y aireado: la presentación de “A little priest” me pareció muy original, con los distintos arquetipos vistos a través de la ventana. Visualmente, el filme es fantástico de principio a fin – el monocromo de esta Londres imaginaria funciona bien con el material, y el único par de digresiones a puro color (la entrada de Pirelli, y la fantasía romántica de la Sra Lovett de vivir junto al mar) son muy acertadas. A diferencia de muchos otros musicales de los últimos tiempos – el peor ejemplo de esto es “El Fantasma de la Ópera”, un desastre de hace un par de años – nunca me quedé recordando la puesta original. Las actuaciones están a tono, y el modo de canto naturalista (en vez del más exaltado canto teatral) hace que el filme sea más creíble – no correría a comprar el disco para escuchar una y otra vez, pero en este contexto es la única elección posible. Entendiendo sus limitaciones (ayuda no haber visto el original una y otra vez, como un servidor), son dos horas disfrutables en una butaca. Pero “Sweeney Todd”, la obra maestra de Sondheim, no es.

Ahora, con respecto a esa empanada que quería comer…

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30/9/07

Blade Runner: The Final Cut

Aquellos fans de Blade Runner - razones para alegrarse. Una nueva copia, restaurada de manera digital y con todas las escenas perdidas tanto en el estreno original de 1982 como en el Director’s Cut de 1992, se acaba de estrenar en Nueva York y viene en camino en DVD (en un paquete de 5 discos con todos los extras imaginables) este Diciembre. Segun el New York Times esta version es aun “mas oscura y bella” que la del 92. A hacer cola.

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28/9/07

Al tambor de la venganza

Si las películas representan - aunque sea de manera infinitesimal - a las sociedades que las crean; entonces debiera llamar la atención que en apenas tres semanas hayan abierto dos filmes de cierto calibre, enfocados al público adulto, en que el sentimiento central es la venganza. Estos filmes, en general, surgen en momentos de confusión o de descreimiento en las instituciones: véase el ejemplo de “El Vengador Anónimo” o “Harry el Sucio” cuando despuntaba el final de la guerra de Vietnam y en pleno escándalo Watergate. Teniendo en cuenta la reciente historia americana, quizás se caía de madura una actualización del concepto.

The Brave One
Siendo este el siglo 21, reemplacemos a Bronson con Jodie Foster y tenemos “The Brave One”, la más reciente película de Neil Jordan. Foster encarna a Erica Bain, una locutora de radio pública - es decir, liberal y pro-derechos humanos, en el contexto americano - enamorada de Nueva York y de su prometido (Naveen Andrews, en una aparición demasiado corta: quizás se le atrasaba el vuelo al set de “Lost”). En una noche de verano, salen a pasear al perro y son atacados violentamente por una patota - que, en onda Youtube, se encarga de filmar todo el ataque en video. No arruino ningún detalle al contar que el pobre Naveen muere y Erica queda en coma, porque el resultado de este ataque es el gancho de la película.

Salida del coma y agorafóbica, Erica termina temiendo a la Nueva York que tanto ama, y comprando una 9mm para darse coraje de salir a la calle. A partir de allí tendremos un asesinato en defensa propia (seguido de una bastante improbable eliminación de la evidencia – es difícil de creer que en medio del shock, Erica pudiera acordarse de sacar el video de vigilancia, tirar su buzo ensangrentado en un tacho de basura fuera del paso, etc.); seguido del descenso de lo que se podría considerar una persona racional y eminentemente educada en una espiral de violencia y justicia por mano propia. Abusadores de prostitutas, asaltantes del subterráneo y hasta un capomafia que matara a su esposa – todos son buenos objetivos de Erica y su pistola.

El argumento no convence del todo. ¿Es posible que Erica salga ahora por las noches, decidida a quemar al primer matón que se le cruce, en vez de buscar a sus atacantes y quedar ahí? ¿Y que enfrentada con la posibilidad de traerlos a la justicia, decida sin embargo encargarse en persona del ajuste de cuentas? En algún momento el guionista perdió su interés por la verosimilitud, cegado por la visión de Jodie Foster disparando a delincuentes a sangre fría: algo así como una versión intelectual de una película de explotación del subgénero “chicks with guns” (minas armadas), cuyos recientes exponentes suman a Milla Jovovich en la saga “Resident Evil”, Uma Thurman en “Kill Bill”, y cientos de notables actrices de los años 70 (Pam Grier, sobre todas)

Foster es una excelente actriz y es al constante interés que mantiene en el espectador (yo, por mi parte, me declaro fascinado) a lo que recurre el director para que la película no decaiga. Del lado de la policía, pone a Terrence Howard, y existe verdadero magnetismo en esta extraña pareja. Y si Jordan tira algunas preguntas al paso sobre si este es el camino correcto, parece al fin no tener respuestas, y termina sin convencer.

The Kingdom
Ahora, una cosa es la venganza personal – pero ¿que sucedería si explotamos este concepto a una escala global? “The Kingdom” es la película para quienes quieran ver el resultado en acción – y vaya si tiene acción. Una hiper-violenta visión del conflicto entre terroristas árabes y Occidente (incluyendo, quizás, la visión más descarnadamente realista de un ataque terrorista que yo jamás haya visto), el filme de Peter Berg no da descanso y se plantea la pregunta de manera un poco más abierta. Pero desgraciadamente el filme termina más preocupado de matar al enemigo que de entender sus motivaciones.

Un complejo de residentes occidentales en Arabia Saudita es víctima de una seguidilla de ataques terroristas, dejando centenas de muertos, entre ellos un querido agente del FBI (Kyle Chandler, en una aparición demasiado corta – quizás se le atrasaba el vuelo al set de “Friday Night Lights”?). En seguida, su contrapartida en Estados Unidos, Roland Fleury (Jamie Foxx), quiere armar una expedición para “investigar”, lo cual es código por “encontrar al culpable y llenarlo de plomo”.

En toda película de venganza, las instituciones son vistas como un estorbo a la Justicia con mayúsculas, esa que reclama ojo por ojo y diente por diente. Si en la película de Jordan este rol le caía al departmento de policía (con sus salas de espera interminables y las frases repetidas en el teléfono que no consuelan a nadie), en el filme de Berg este dudoso honor le cae al Departamento de Justicia y al rango diplomático. Danny Huston compone a un Procurador General con pocos escrúpulos, y Jeremy Piven a un diplomático emperrado en sacar al equipo cuanto antes del reino, y volver a la calma de su puesto. Pero con un poco de acción encubierta, Fleury logra salvar estos obstáculos y llevar a su equipo a Arabia Saudita por una semana, para encontrar a los culpables.

Berg es un director muy astuto en cómo maneja los tiempos y la audiencia – por cada explosión o acto de violencia existe una broma o un comentario para hacernos bajar la tensión. A veces esto desentona – Piven, un actor que en general tiene un poco más de criterio, parece estar actuando en su propia versión de “Entourage, la película”, en vez de en un filme sobre Medio Oriente. Pero Foxx y Chris Cooper son capaces de mantener ambas corrientes al mismo tiempo, y entre tanta violencia el resultado se agradece. No puedo decir desgraciadamente lo mismo sobre su manejo de cámara y edición. “The Kingdom” sufre a ratos de ese exceso de cámara en movimiento que puede hacer que las primeras 15 filas de la sala salgan con el estómago en la mano. Berg haría bien en estudiar las películas de Paul Greengrass (“El Ultimátum Bourne”, “United 93”) para aprender como usar este elemento sin cansar a la platea.

Lo más interesante de “The Kingdom” es que me imagino que será vista de dos maneras diametralmente opuestas. Algunos (y me incluyo) veremos a un grupo de vengadores americanos que entra sin golpear y, sin interés de entender la sociedad que los rodea, buscan llevar a cabo su venganza. Pero si en el nivel personal de Jodie Foster esto queda ahí; al multiplicar la venganza a nivel de dos culturas enfrentadas esto sólo puede engendrar más violencia. Berg, con las escenas finales, parece que se da cuenta de este ciclo y nos tira un hueso en el que parece compartir el sentimiento. Y también pone algunas escenas familiares en el medio que trazan paralelos entre ambos lados – todos somos humanos, y esta venganza no tiene sentido.

Pero por otro lado estarán los que se queden en el nivel “Rambo en Arabia Saudita”, los cuales verán sus estereotipos árabes confirmados y a sus bienamados héroes matando terroristas con turbantes. Y en parte la culpa de esta visión también de Berg, que no tiene la astucia o la honestidad de distribuir los tantos de manera un poco más imparcial, o quizás tema que una visión en grises le destruya la película de acción que tan exitosamente ha creado. Los americanos en su mundo son los únicos que saben como investigar la escena del crimen y encontrar a los criminales. El único árabe que termina del lado de los héroes es aquel que se da cuenta como los americanos tienen razón. Si bien existen malos del lado americano son más bien del nivel burócrata o del “no te metas” – los malos árabes son bien malos y tienen las armas para probarlo. Y en una película que pretende dar una visión sobre la naturaleza del conflicto (¿de que otra manera pueden explicarse, sino, los títulos del comienzo con una historia sucinta de Arabia Saudita y su relación con USA?), esto es imperdonable.

Estén en el campo que estén, sin embargo, “The Kingdom” da más satisfacción inmediata a nivel visceral que “The Brave One”, sobre todo porque la acción no da respiro. Pero pasada la adrenalina, y vista en el espejo retrovisor (y entendiendo, aparte, que toda película toma una escala global en estos días – estereotipos y todo), es una pena que no logre un poco más de ecuanimidad a nivel intelectual. Peter Berg tiene talento, es indudable – esperemos que en algún momento lo aparee con una visión del mundo un poco más balanceada y responsable.

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23/8/07

Wal-Mart: El alto costo del precio bajo (2005)

Wal-Mart: el alto costo del precio bajo
Esta noticia, acerca de actividades antisindicales en Wal-Mart Argentina, me habría pasado desapercibida si no fuera que acabo de terminar de ver el excelente documental de Robert Greenwald, “Wal-Mart: the high cost of low price” (“Wal-mart: el alto costo del precio bajo”, en una traducción literal); que entre sus muchos cargos demuestra a través de testimonios y estadísticas como a través del mundo Wal-Mart se empeña en perseguir toda actividad sindical, a traves de la presión, la vigilancia de empleados “sospechosos” de actividad gremial y otras tácticas semejantes. Un grano de arena en lo que es una montaña de evidencia del pernicioso efecto de Wal-Mart sobre toda economía regional en la que ingresa, el documental es fascinante. Sin utilizar ninguno de los golpes de efecto de un Michael Moore, Greenwald despacito va sumando un testimonio sobre otro, puntuando aquí y allá con estadísticas espeluznantes.

Así, la película comienza con dos o tres testimonios desgarradores de negocios familiares destruidos al entrar Wal-Mart (con un comentario que hiela la sangre de un ex empleado que dice “Soliamos entrar en cada pueblo diciendo ‘6 meses, 3 meses, 6 meses’, es decir nuestra estimación de cuando cada negocio iba a tener que cerrar’), generalmente con subsidios dados por las ciudades que a largo plazo se quedan con promesas vacías (en una ciudad, Wal-Mart decide mudar su negocio 20 cuadras hacia otro condado, coincidentemente al terminársele el período de gracia de impuestos y tener que empezar a pagar). Sigue por mostrar los míseros sueldos de sus empleados (los que tienen mínimos beneficios de salud, muchos forzados a trabajar horas extras sin paga, etc.), comparados con los de la familia Walton, y cuán poco contribuyen a caridades y otras obras benéficas, demostrando de paso la explotación de trabajadores en sus fábricas de Asia y Latinoamérica. Demuestra también cuan poco le interesa a Wal-Mart la seguridad de sus clientes (si bien el 80% de todos los crímenes en los Wal Marts americanos sucede en el estacionamiento, la mayoría no tienen vigilancia: toda la vigilancia está adentro del local para evitar sustracciones de mercadería). La evidencia sigue y sigue, hasta que uno se queda con la boca por el piso. Si pueden encontrar esta película en video, véanla.

PS: Acabo de ver que la pelicula esta subida - sin subtitulos - a Google Video. La pueden encontrar aca

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8/8/07

Bourne: el ultimátum (The Bourne Ultimatum, 2007)

The Bourne Ultimatum
Tercera en la serie del amnésico espía Jason Bourne (Matt Damon), y segunda que dirige Paul Greengrass (quien fuera nominado al Oscar por United 93), “The Bourne Ultimatum” es una aplanadora de dos horas que no da respiro.

Fácilmente la mejor película de acción que haya visto en un par de años (y esa calificación incluye a las dos anteriores, ya que este eslabón es el mejor de la serie), el nuevo capítulo retoma la historia en el período entre las dos últimas escenas de “La Supremacía Bourne” – Bourne está en Moscú, todavía herido por su ultimo encontronazo con el servicio secreto ruso y tiene que escapar hacia Occidente. En la primera hora, Bourne pasará como una bala por Londres, Madrid y Marruecos siguiendo la pista de un informante que tiene más datos sobre su identidad perdida. Con parte de estos datos en mano, Bourne llega a Nueva York para finalmente recuperar su pasado.

En este viaje, nos encontramos también con la visión más paranoica hasta el presente de nuestro sobrevigilado mundo actual. Para todos aquellos que alguna vez hemos pensado “bueno, no está mal poner cámaras de vigilancia en todos lados para evitar crímenes”, Greengrass nos da vuelta el tablero con un juego de gato y ratón globalizado donde todo bit de información es pasible de monitoreo. Desde mensajes de texto monitoreados en busca de palabras específicas hasta cámaras que sirven para que un tirador encuentre a su presa, todo es pasible de tergiversación, depende de quien está al mando de los controles.

Greengrass maneja su cámara portátil como una de las tantas armas de sus espías – está siempre ahí para darnos otro golpe, otra sensación, otro minuto al borde del asiento. La cámara se mueve y mucho, pero este recurso que mal manejado me da asco (véase “El Proyecto Blair Witch” como el peor exponente del tema), aquí sirve al objetivo. Eso sí - el mejor consejo que puedo dar para evitar la sensación de mareo es sentarse de la mitad de la sala para atrás.

Damon tiene los movimientos ágiles a tono con la acción, y en algún momento se ablanda un poco para mostrar su lado humano. Por otra parte es bueno ver a la casi siempre desaprovechada Julia Stiles con algo más que hacer que en las primeras dos entregas. Y finalmente David Strathairn es perfecto en su estolidez de villano (es fascinante ver como la misma actitud puede funcionar exactamente a la inversa de cómo lo hizo en “Buenas noches y buena suerte”).

Para ir a ver en pantalla grande, grandota y con mucha gente. Disfrute asegurado.

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3/7/07

Ligeramente embarazada (Knocked up, 2007)

Knocked Up
Quizás desde “There’s something about Mary” que no me reía tanto en un cine. Pero mientras “Mary” ganaba sus risas en base al absurdo, “Knocked up” logra que las risas surjan de una premisa mucho mas natural: ¿que pasaría si dos personas que no comparten nada, salvo una noche de alcohol y sexo, se encuentran de repente embarazados?

Alison (Katherine Heigl, demostrando que tiene una carrera por delante mas allá de “Grey’s Anatomy”) es una bonita productora del canal E! que un día recibe una promoción a reportera en cámara (la escena de la promoción, con sus sugerencias veladas de perder peso ahora que va a estar en cámara, es impagable). Para celebrar, sale con su hermana a una disco de Los Angeles, donde conoce a Ben (Seth Rogen, impagable), un semi-gordito simpático que vive con sus amigos, fumándose y trabajando en un sitio web que cataloga escenas de desnudos en filmes de Hollywood. Luego de unos cuantos (muchos) tragos, terminan en la cama y, malentendido mediante con respecto al uso del preservativo, Alison termina embarazada.

Lo que sigue durante las dos horas y diez minutos de la película es una mirada tierna, a la vez que muy divertida, sobre el embarazo, las relaciones de pareja, el matrimonio, Las Vegas, y un cierto modelo de extendida adolescencia masculina (y si bien el modelo específico de clan de amigos no es tan común en Argentina, los roles y relaciones entre estos cuatro amigos son francamente reconocibles). Donde Judd Apatow (que antes dirigiera “Virgen a los 40 años”) se distingue es en el trato franco de cada situación – desde la conversación a la mañana siguiente de esa primera noche, hasta los esfuerzos de Ben por crecer, pasando por las discusiones del matrimonio de la hermana de Alison; todo tiene la pátina de lo vivido. Más que recomendable.

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23/2/07

Soñadoras: Dreamgirls (2006)

Dreamgirls
Llevar a la pantalla un musical de Broadway es siempre una apuesta complicada, especialmente si es un musical famoso. Primero que nada estan las comparaciones, siempre odiosas ¿es mejor la versión escénica o la del filme? ¿y como se comparan los talentos de la version teatral con aquellos del cine?

Dreamgirls tiene que afrontar estas comparaciones, si bien de una manera menor que digamos “Rent” o “El fantasma de la Opera”, por ser un musical menos famoso mas allá de las fronteras americanas. Y sobre todo tiene que afrontar un fantasma: el de la monumental Jennifer Holliday y su famosa versión de “And I am telling you I am not going” (”Y te digo que no voy a irme”, un título que suena a desafío pero es más auto-humillación y ruego), una canción emblemática si las hay y que pone la piel de gallina.

Empecemos entonces por lo bueno - la nueva Effie, Jennifer Hudson, logra lo imposible: que en el traspaso a la pantalla Effie sea diferente a la versión de Holliday y verdadera a sí misma. Esta Effie versión 2006 es monumental, creíble, orgullosa, llena de penas y canta como los dioses. Cada sentimiento de Effie está modulado impecablemente: desde el ego inicial que enmascara 1000 inseguridades, pasando por la desazón brutal de verse reemplazada, hasta su humildad un poco tardía, Hudson entrega un debut para las épocas. Y su versión de “And I am telling you…” se las trae: comienza suave y termina como debe - un aullido feroz de una leona herida de muerte, su orgullo tendido a los pies de aquellos que la abandonan.

Que Hudson se robe cada escena en la que está a fuerza de vitalidad y carisma no significa que Beyonce no haga un buen trabajo. Pobre Beyonce - a ella le toca el rol ingrato: el símil Diana Ross que tiene menos talento pero mas comerciabilidad y por tanto es empujada al frente. Que Beyonce actúa el papel a conciencia está marcado en lo que no se ve: estrella total, con una voz envidiable, Beyonce tiene que esconder todo esto detrás de una voz y apariencia casi tímida hasta desatarse en “Listen”, su himno de liberación al final. En el conjunto, Beyonce no decepciona. Eddie Murphy entrega una composición exacta de una especie de James Brown en decadencia - poco hay acá de ese egocéntrico actor de los años 80 y quizás se lleve un Oscar por esto mismo.

Ahora bien, si bien la película es buena y se lleva fácil, no conecta en algunos puntos. Primero que nada en un final edulcorado que poco tiene de realista - después de mostrar tantas traiciones y demás, la nota del final suena demasiado facilista, especialmente considerando las fuentes (el referente de Effie en la vida real, Flo Ballard de las Supremes, murió casi olvidada y en la pobreza a los 32 años. Chupate ese “happy ending”). El final triste se lo reservan a otro personaje, un poco a la manera de esos especiales de “Decile no a las drogas”. Y por último, un problema que le viene de arrastre a este musical - buen libro (sacando el final), pero canciones mas o menos olvidables. Salvando 3 de las canciones (las ya mencionadas y “I am changing”, también cantada a la perfección por Hudson) no hay nada en este musical que valga la pena escuchar fuera de la película misma. Es una pena: el argumento, basado en la historia y apogeo de Motown Records, daba para mejor música, pero muchas de las canciones son Broadway hecho y derecho e intercambiables entre sí. Y aunque todo eso se olvide por unos minutos ante la visión exhilarante de Jennifer Hudson arrancándose el corazón en 2 pedazos, al final queda el sabor de una oportunidad perdida.

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19/2/07

Cuando la crítica es panfleto

Hace unos meses les pegué duro a los críticos argentinos por no ser demasiado personales en sus revisiones de los estrenos. José Pablo Feinmann no es un crítico (aunque sí es un prestigioso guionista, sobre todo de sus propios libros), pero demuestra que es posible bandearse para el lado contrario: es posible ver una película con tanto preconcepto y llevando tanto equipaje ideológico antes de entrar al cine, que se vuelve imposible criticar una obra de arte por sus méritos. Esto es lo que hace Feinmann en su nota sobre “La reina”, la película de Stephen Frears que se estrena esta semana.

La nota es risible en la cantidad de odio que conlleva contra Isabel II, y por la manera en que totalmente equivoca el sentido de varias escenas, insultando a quien se le cruce en el fervor de su vituperio. Párrafo típico:

“Como hay que humanizar a Isabel II y darle algunas escenas a Mirren para que se gane el maldito Oscar, el film se mete en uno de sus laberintos más, indeliberadamente, jocosos. Esto, técnicamente, se llama: “Unwanted laugh”. Risa no deseada. Es así: Isabel se sube a una monárquica 4x4 y se atraviesa un río y sale a un lugar con mucho verde. Detiene la 4x4 monárquica y se baja. Entonces lo ve: ¡es Bambi! Es un venado. O un ciervo. Digamos un ciervo. Tiene unos cuernos majestuosos. Lo que le permite a Mirren mirarlo con intensa intensidad y exclamar: “¡Qué bello eres!”. Esto da para Oscar. Porque: 1) un Bambi es siempre un Bambi y los tarados del público (así hablan los productores y guionistas) se babean con los animales; 2) Mirren va a estar soberbia mirando al bicho con sus ojos grises nublados por la emoción; 3) el Bambi se va a robar la escena, pero no importa. “No tenemos nada mejor”, dicen los guionistas o dice Stephen Frears, que está aquí por la guita, no lo duden.”

Feinmann odia a la reina, al Oscar, un poquito a Mirren y sus ambiciones, a los productores, a Frears, y al maldito público al que le gusta Bambi (y aunque no importe: el ciervo en cuestión está en la película porque es un símbolo que se le escapa a la nublada visión de Feinmann – es un sobreviviente de esos que ya no se ven, que ha escapado a los cazadores por años y mantiene su nivel inalcanzable. Algo así como la reina misma. Y nadie se rió en el cine en que ví esta película hace unos meses).

Y en cuanto a cosas que causan risa no deseada: en otros párrafos se pone conspirativo, por más que todos saben que a Diana no la mató nadie salvo su conductor borracho. Porque a un revolucionario setentista frustrado no hay nada que le calce mejor que una posible conspiración.

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11/2/07

Escándalo (Notes on a scandal, 2006)

Notes on a scandal
Uno de los mejores cómicos de la actualidad, Eddie Izzard, en su especial “Dress to kill” comparaba despiadadamente a la típica película inglesa con su contrapartida americana. En la típica película inglesa, nos decía, el personaje se dedica a contar fósforos en un cuarto vacío, y en esta acción debemos ver todo el conflicto interior del personaje (en la remake americana, por contraste, el personaje tenía un acento del Bronx, una afrenta que vengar y un arsenal ilimitado a su disposición para matar a quienes cometan el error de criticar que cuente fósforos).

Hay mucho de contar fósforos en “Notes on a scandal”, el filme por el cual Judi Dench y Cate Blanchett están nominadas al Oscar por estos días: cosas no dichas, miradas furtivas, pequeños movimientos que delatan sentimientos escondidos desde hace mucho y hasta narración en off del diario de su personaje principal. Considérense advertidos.

El escenario es una escuela pública en un distrito pobre de Londres, donde Barbara Covett (Dench), una maestra al borde de la jubilación, pasa sus días con una mirada de cínico desdén hacia las posibilidades de sus alumnos (“Aquí educamos a nuestros futuros plomeros”, lee de su diario al comienzo del filme). Un día, una nueva maestra de arte, Sheba Hart (Blanchett), se une al establecimiento. Bárbara empieza por despreciarla, luego acercársele y termina deseándola. Cuando Sheba - casada con un hombre mayor (el incomparable Bill Nighy), con dos hijos y una nada despreciable cuota de aburrimiento marital - comete la indiscreción de tener un affair con un estudiante de 15 años, Bárbara encuentra su posibilidad para manipularla en el secreto hasta que la situacion explota.

Formalmente irreprochable, con certera (aunque usada en demasía) música de Philip Glass y excelentes actuaciones de todos sus protagonistas, uno creería que esta pequeña película seria un placer hecho y derecho. Pero me encontré cabeceando luego de los primeros 30 minutos, y por unos incontables 30 minutos más, hasta que el ritmo levantó en los 30 minutos finales hasta entregar un final satisfactorio. Y si bien podría echarle la culpa al vaso de sauvignon blanc que tomé con la cena antes de la película, me parece que estos 30 minutos del medio sufren del síndrome de contar fósforos al que Izzard hacia referencia. Patrick Marber (quien escribiera la insufrible “Closer” hace un par de años atrás, un ejercicio dialéctico entre figuritas de cartón en lugar de personajes de carne y hueso) a veces parece demasiado enamorado de su lenguaje y se olvida de mover la acción hacia adelante, y uno termina con minutos sobre minutos de coloreado de personajes que no lleva al destino final. Aún en sus escasos 92 minutos puedo apuntar a un par de escenas superfluas (la escena en que otra maestra anuncia que está embarazada viene a la mente inmediatamente)

¿Vale la pena verla? Diría que la actuación de Dench, todo arrugas, mal cabello y resentimiento a flor de piel ante una vida que le ha negado el amor y el acceso a una más alta clase, es digna del precio de admisión. Pero acuérdense de verla por la tarde, y pasen por alto el vino del almuerzo.

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Porque yo lo digo! (Because I said so, 2007)

Because I said so
Quizás sea por los guiones que le tocan, o quizás por los años junto a Woody Allen, pero Diane Keaton de un par de películas a esta parte se especializa en un cierto tipo de mujer: la que tiene un físico envidiable para sus 60 años, una posición privilegiada y nada que temer con respecto a su supervivencia, y aún así es un manojo de tics, inseguridades y autonegaciones que terminan manifestándose en una neurosis total acompañada de torpeza física.

El mas reciente espécimen en la galería Keaton se llama Daphne: divorciada, se le vienen los 60 encima, sin amor y en vez de centrarse en su propia vida, elige tratar de arreglar las de sus 3 hijas adultas empujándolas al matrimonio (cualquier semejanza con el mito griego de Daphne – quien por escapar al amor de Apolo termina convirtiéndose en un árbol de laurel - no es, me parece, pura coincidencia. Imagínense a la Daphne mitológica, con tres hijas y repreguntándose si ser un laurel en vez de estar en brazos de Apolo fue tan buena idea). Las dos mayores ya están casadas y ahora le toca el turno a la menor, Milly (Mandy Moore); porque en este universo alternativo a los 22 años ya es hora de conseguir marido que te estás poniendo vieja, nena. Como Milly parece incapaz de encontrar un soltero aceptable, la madre pone un aviso en Internet para encontrarle pareja, lo cual lleva a toda clase de equívocos. Tiren a la olla un montaje de pretendientes ridículos, un arquitecto adinerado pero irascible, un músico bohemio con todas las buenas intenciones del mundo, los típicos enredos de salir con dos hombres al mismo tiempo, varios momentos de acercamiento madre / hija, algunas notas sobre el sexo en distintas generaciones y ya saben de que va esta película.

Lo que tanto el director (Michael Lehmann, aquel de “Heathers” y de la adorable “La verdad sobre perros y gatos” con Janeane Garofalo) como Keaton no parecen darse cuenta es que hay una línea sutil entre una madre con buenas intenciones y de maquinaciones adorables, y una déspota insufrible que debiera estar internada en un neurosiquiátrico. A los 45 minutos de esta película tenía tantas, pero tantas ganas de agarrarla a Keaton y estrangularla (algo que quizás otros ya intentaron, considerando las infinitas bufandas, chalinas y vueltas de perlas con las que Keaton cubre su cuello en este filme) que todo disfrute se desvaneció. Y aunque un par de escenas salvan un derrumbe total, en el balance la película no termina bien parada.

Y es una pena porque hay potencial en los nombres de esta película: Keaton es una formidable comediante, y en una escena de acercamiento sentimental con Stephen Collins aprovecha al máximo sus dotes (en gran parte debido al hecho de que Daphne ha perdido la voz, y Keaton se calla la boca y deja que su cuerpo y sus ojos actúen). Mandy Moore es natural y adorable como Milly, lejos de las histericas hiperflacas actuales; y su lenguaje físico con Johnny (el músico encarnado por Gabriel Macht) tiene muchas notas de verdad compartida. Y por último, Tom Everett Scott es desaprovechado en un arquetipo yuppie de cuarta, cuando es capaz de ser sumamente atractivo por su propia cuenta (su aparición en un capítulo de “Will & Grace” hace un par de años viene a la mente). La próxima vez, con actores como estos, ¿que tal si pagamos un par de dólares más por un guión original?

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