13/8/08

Revisitando “La Historia Oficial” (1985)

La Historia Oficial
Ver La Historia Oficial nuevamente a 23 años de su estreno provoca varias sensaciones. La primera es el shock de que hayan pasado casi 25 años, lo cual me recuerda que estoy por cumplir 40; la segunda que el período que refleja el filme siga vivo en las noticias argentinas semana a semana. Quizás el ejemplo más acabado de un subgénero de denuncia que tuvo amplia cantidad de representantes en su momento - la mayoria descartable y descartado - , La Historia Oficial merece verse aún después de tanto tiempo por el calibre de sus actores.

El filme en sí no es, como obra cinematográfica, perfecto ni mucho menos. En sus mejores momentos es una historia intimista que no deslumbra por sus logros cinematográficos, sino por las excelentes actuaciones. Lo de Norma Aleandro es para la historia del cine argentino, porque siempre está haciendo algo – Aleandro es una actriz tan completa que hasta cuando corrige exámenes uno la puede ver viviendo el personaje. En la famosa escena en que su amiga Ana (Chunchuna Villafañe) le confiesa la verdadera causa de su exilio, reviviendo su secuestro y tortura por 39 días, es a Aleandro a quien vuelve la mirada una y otra vez; mientras pasa de la risa nerviosa al descreimiento, la compasión y la actitud defensiva del final (un momento mal escrito que Aleandro recompone). En estas escenas, cuando Luis Puenzo cierra la cámara sobre los actores y se quita del medio está lo mejor.

Pero en los peores tramos - y hay muchos - el guión es una especie de manual Kapelusz de la dictadura, que quiere cubrir todos los aspectos de la misma a partir de situaciones didacticistas que, por poco creíbles, disminuyen a la historia principal. No existe ninguna situación anterior, por ejemplo, a la pegatina que le hacen los alumnos a Alicia de notas sobre los desaparecidos en el pizarrón que lleve a ese punto – las únicas discusiones que hemos visto son sobre Mariano Moreno. No hay nada que lleve a pensar a los estudiantes que Alicia está negándose a ver las barbaridades que sucedían para que se sienten motivados a mostrárselas – es algo que la audiencia intuye por un par de escenas anteriores, pero no hay motivación para estos estudiantes. La escena está allí por conveniencia, por acortar el despertar de Alicia a la posibilidad de que su hija sea una desaparecida, y es básicamente pereza del guión - de Aída Bortnik y el mismo Puenzo - el llegar ahí de esa manera. La confrontación en el garage entre Ana y el marido de Alicia, Roberto (Hector Alterio), es también irreal – ¿que hace Ana allí, sobre todo teniendo en cuenta que estos dos no se toleran, y que hace dos escenas Ana hizo uso del “no te metás”? Nada, salvo que le conviene a Puenzo. La cantidad de escenas que siguen estos parámetros sube con el tiempo y es una distracción. Muchos de los personajes son también arquetipos y símbolos de cartón piedra contra los que tienen que luchar los actores: el profesor de literatura izquierdista y popular (Patricio Contreras), el padre inmigrante español (Guillermo Battaglia, una luminaria que termina peleando y perdiendo con un acento innecesario) discurseando sobre la honestidad de la pobreza, los alumnos totalmente embobados con Moreno y Castelli de la clase de Alicia, las amigas de clase media alta. Como en mucho del cine argentino, todo parece tener que ser un símbolo, una clave, un mensaje: hasta la canción de María Elena Walsh es “En el país de nomeacuerdo”. Pero compaginar símbolos no es lo mismo que contar historias, y esta no es la excepción. Si comparamos con otros filmes de similar temática, como la inexpugnable Las vidas de los otros de Florian von Donnersmarck, nos damos cuenta de la distancia en calidad entre ambos filmes - Donnersmarck no precisa darnos 10 discursos sobre la perversidad de lo que esta pasando o las intenciones buenas o malas de sus personajes: se respira en el aire de su filme.

Si al fin y al cabo esto no termina importando no es por la ductilidad de Puenzo como director o guionista, sino por la grandeza de sus actores. Más allá de Aleandro, que es irremplazable, la que me queda en la memoria con una actuación noble y falta de vanidad es Chela Ruiz. Que Ruiz no haya sido una presencia más importante en el cine argentino, más allá de sus roles de madre, tía, mucama, abuela y demás es una de las grandes injusticias de nuestro medio. En una sola escena, revisando fotos del pasado, Ruiz es capaz de darnos el sentido de una vida llena de afectos (nuevamente, más allá de los clichés del guión – familia humilde, noviecitos desde los 5 años, y paremos de contar). Es en la única escena en que mis ojos no volvieron todo el tiempo a Aleandro y su presencia mágica. Alterio hace lo que puede durante la mayor parte de la cinta con un rol poco favorable, pero es en los 20 minutos finales que nos recuerda la potencia que tiene como actor: en esos minutos, a partir de que Alicia trae a la posible abuela de visita, Alterio pasa por todas las fases del dolor como si fuera un trompo arrebatado: negación, bronca (y su correspondencia en crueldad violenta), negociación, depresión y aceptación pasan por su rostro y por su cuerpo de manera visible y controlada.

Parráfo aparte para la música de Atilio Stampone – me pasé casi 40 minutos quebrándome la cabeza pensando “¿dónde escuche antes las dos primeras frases de ese leit motif?”. La respuesta: “Verano del 42” de Michel Legrand. Escuchen con cuidado, comparen y después me cuentan.

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1 Comentario »

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  1. no no me pare se espetaculaer pero me creo que tiene q ser mas corta

    Comment by carlos — 26/8/08 @ 11:38 am

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