The X-Files: I want to believe (2008)

Primera admisión de culpa: jamás fui más que, en el mejor de los casos, un televidente ocasional de la serie. Dependiendo del punto de vista del lector esto me vuelve o el espectador justo para criticar este filme, o me deja totalmente fuera de mi elemento. Pero a más de 6 años de que la serie dejara el aire, diría que la mayoría de los espectadores posibles (esos adolescentes que devoran la platea americana) están en mi campo: tienen alguna idea de que va la cosa, pero sin saber nada de la extensa mitología que Carter alimentara a través de 9 temporadas. Por esto - y sabiamente - Carter y su coguionista deciden presentar a este filme como una historia independiente, anclada en personajes familiares. El resultado funciona bien: es posible entender en distintos momentos mucho de lo que pasó durante tantos años de idas y vueltas semanales entre estos dos polos opuestos y complementarios, pero sin afectar la progresión de la trama. El resultado es que Carter queda libre para seguir la historia y construir el suspenso de manera independiente. No hay aquí una lista de huecos a llenar, viejas preguntas a resolver o mitologías a esclarecer. Aquí es quizás donde muchos de los fanáticos se sentirán defraudados. Para el resto de nosotros, le ayuda a crear un filme de suspenso que mantiene el ritmo y se resuelve en apenas 100 minutos. En estos tiempos de filmes de tres horas, la mano concisa y segura de Carter se agradece.
Scully y Mulder siguen presentando básicamente la dicotomía entre los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro humano. Ambos son creyentes, como uno de los personajes principales argumenta (un impagable Billy Connolly, creando a un atormentado ex - sacerdote con poderes psíquicos): simplemente creen en distintas cosas. Scully continúa creyendo en el poder de la ciencia, y descree de la intervención del más allá, quizás el resultado de ver tanto sufrimiento en su carrera médica. Mulder necesita creer en milagros, exorcizando aún la desaparición inexorable de su hermana. Pero ambos son inseparables, y lo saben. Y esa capacidad de creer, más allá de los resultados, los mantiene vivos; metafórica y - en algún momento crucial - literalmente
También se nota una madurez creciente en cómo Duchovny y Anderson encaran sus roles. La vieja tensión romántica se transforma aquí en otra cosa: el afecto certero que une a aquellos que han sufrido juntos y han vivido para contarlo. En cada mirada de Scully a Mulder hay un mundo de comprensión y de dolor por lo que no va a ser nunca: ella sabe que tanto él como ella tendrán que seguir sus creencias. La paz familiar y una vida predecible no están en las cartas para estos dos.
El misterio al centro de esta maraña - con su desierto nevado, científicos rusos y jaurías de perros - es una serie de guiños a las historietas “pulp” de los 50 y los 60: una especie de homenaje a la inocencia de años pasados, cuando Vincent Price podía asustarnos hasta la médula. Alguno se terminará riendo hacia el final, cuando la capacidad de creer del espectador se empuja hasta el límite. Y seguramente esto es algo planeado: Carter está buscando entre nosotros a aquellos que quieren creer, que necesitan creer. Con criterio certero también balancea en la ejecución los excesos del libro – salvo alguna caída al vacío no hay una sola pantalla verde o CGI en evidencia en este filme. Todo es táctil, concreto, físico y Carter demuestra que los efectos especiales (aún en una película fantástica) son absolutamente innecesarios para mantener el suspenso. Solo se necesita la capacidad de creer, y dos actores capaces de vivir una historia de adentro hacia afuera, no importa cuán improbable.
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