Llevar a la pantalla un musical de Broadway es siempre una apuesta complicada, especialmente si es un musical famoso. Primero que nada estan las comparaciones, siempre odiosas ¿es mejor la versión escénica o la del filme? ¿y como se comparan los talentos de la version teatral con aquellos del cine?
Dreamgirls tiene que afrontar estas comparaciones, si bien de una manera menor que digamos “Rent” o “El fantasma de la Opera”, por ser un musical menos famoso mas allá de las fronteras americanas. Y sobre todo tiene que afrontar un fantasma: el de la monumental Jennifer Holliday y su famosa versión de “And I am telling you I am not going” (”Y te digo que no voy a irme”, un título que suena a desafío pero es más auto-humillación y ruego), una canción emblemática si las hay y que pone la piel de gallina.
Empecemos entonces por lo bueno - la nueva Effie, Jennifer Hudson, logra lo imposible: que en el traspaso a la pantalla Effie sea diferente a la versión de Holliday y verdadera a sí misma. Esta Effie versión 2006 es monumental, creíble, orgullosa, llena de penas y canta como los dioses. Cada sentimiento de Effie está modulado impecablemente: desde el ego inicial que enmascara 1000 inseguridades, pasando por la desazón brutal de verse reemplazada, hasta su humildad un poco tardía, Hudson entrega un debut para las épocas. Y su versión de “And I am telling you…” se las trae: comienza suave y termina como debe - un aullido feroz de una leona herida de muerte, su orgullo tendido a los pies de aquellos que la abandonan.
Que Hudson se robe cada escena en la que está a fuerza de vitalidad y carisma no significa que Beyonce no haga un buen trabajo. Pobre Beyonce - a ella le toca el rol ingrato: el símil Diana Ross que tiene menos talento pero mas comerciabilidad y por tanto es empujada al frente. Que Beyonce actúa el papel a conciencia está marcado en lo que no se ve: estrella total, con una voz envidiable, Beyonce tiene que esconder todo esto detrás de una voz y apariencia casi tímida hasta desatarse en “Listen”, su himno de liberación al final. En el conjunto, Beyonce no decepciona. Eddie Murphy entrega una composición exacta de una especie de James Brown en decadencia - poco hay acá de ese egocéntrico actor de los años 80 y quizás se lleve un Oscar por esto mismo.
Ahora bien, si bien la película es buena y se lleva fácil, no conecta en algunos puntos. Primero que nada en un final edulcorado que poco tiene de realista - después de mostrar tantas traiciones y demás, la nota del final suena demasiado facilista, especialmente considerando las fuentes (el referente de Effie en la vida real, Flo Ballard de las Supremes, murió casi olvidada y en la pobreza a los 32 años. Chupate ese “happy ending”). El final triste se lo reservan a otro personaje, un poco a la manera de esos especiales de “Decile no a las drogas”. Y por último, un problema que le viene de arrastre a este musical - buen libro (sacando el final), pero canciones mas o menos olvidables. Salvando 3 de las canciones (las ya mencionadas y “I am changing”, también cantada a la perfección por Hudson) no hay nada en este musical que valga la pena escuchar fuera de la película misma. Es una pena: el argumento, basado en la historia y apogeo de Motown Records, daba para mejor música, pero muchas de las canciones son Broadway hecho y derecho e intercambiables entre sí. Y aunque todo eso se olvide por unos minutos ante la visión exhilarante de Jennifer Hudson arrancándose el corazón en 2 pedazos, al final queda el sabor de una oportunidad perdida.
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