El blog Pasa en Buenos Aires, uno de los tantos interesantes conceptos del portal del Gobierno de la Ciudad, tiene una notita de ayer hablando de los nombres mas populares del último año en el registro de la ciudad. Lo que más me llama la atención no son los nombres en sí, sino como empieza la nota:
“A pesar de haber 9.720 nombres autorizados en la jurisdicción del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires…”
Lo cual me lleva a la siguiente pregunta – ¿quién decide cual es un nombre autorizado o no? ¿Con qué criterio? ¿Es pertinente que el Gobierno de la Ciudad – o cualquier otro – se inmiscuya en la esfera más personal, la de decidir como se va a llamar el hijo o hija de un ciudadano? Y si bien la lista es mucho más comprensiva que años atrás (cuando una amiga mía terminó siendo “Jaquelina” porque “Jacqueline” se consideraba extranjerizante), ¿no es la existencia misma de una lista aprobada un insulto a la libertad personal?
La razón esgrimida siempre es que se trata de defender a los chicos, porque sino los padres se zafan y después el pobrecito se tiene que comer que los compañeritos quizás se burlen en la escuela por el nombre raro, y después en el laburo y en el resto de la vida. Si ese es el problema, ¿no debiéramos atacar la burla y no el nombre? Porque si vamos a los hechos, los chicos de primaria o secundaria en Argentina son crueles criaturas de masa que siempre van a encontrar algo de que burlarse. Sea el nombre, los anteojos, el peso, la falta de habilidad física, el color de piel o de pelo, la ropa, las pecas, las trenzas, los gustos de música, los libros que uno lee, la fila en que te sentás en el aula o la madre que te parió: los chicos siempre encuentran algo para ejercer poder sobre otros y discriminar al diferente.
Y no es tan distinto a la discriminación en las discos o en el campo laboral, y en verdad pequeñas cosas como estas la eternizan: la discriminación es tan rampante en Argentina porque nos emperramos en homogeneizar a nuestra población desde el vamos. En nuestra mente colectiva somos todos católicos, todos europeos, todos blanquitos, todos hetero, todos clase media o para arriba. Todos tenemos nombres parecidos, y vamos de vacaciones al lugar de moda, y nos vestimos en el mismo lugar y preferimos a los Stones. Y el resto seran los freaks, y los hacemos a un lado.
Pero por supuesto, todo esto es falso en el mundo real. Pero quién se va a dar cuenta en la pecera, donde todos nadamos a la misma velocidad, con temperatura controlada y todos comiendo la misma comidita…
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