“The Good Shepherd”, el segundo filme de
Robert De Niro como director, es un buen filme que aspira a ser mejor de lo que es. Un estudio de carácter ficcionalizado basado en
la carrera entre los años 30 y 60 de quien fuera luego jefe de Contrainteligencia de la CIA; mezclado con el nacimiento de la agencia misma, su participación encubierta en crisis varias, y sus juegos de gato y ratón con la KGB, es un filme extremadamente bien armado pero que te deja un poco frío. Si bien es recomendable, no es imperdible, y si bien tiene un par de cosas que decir (sobre la naturaleza del espionaje, lo que le hace a sus practicantes y el hecho de que incidentes como los de
Abu Ghraib no son particularmente novedosos), lo dice de manera tan racional, sin envolver al corazón, que finalmente termina siendo un poco desconcertante.
La historia comienza alrededor de la fallida invasión a la Bahia de Cochinos en Cuba en 1961. Tratando de descifrar que fue lo que salió mal (y la posibilidad de que los rusos hubieran sido advertidos de antemano, lo que contribuyera al fracaso), Edward Wilson – Damon, en anteojos y corte de pelo de época – empieza a seguir las pistas y a rememorar a cada paso sus 30 años en este trabajo, sus tareas en la OSS durante la Segunda Guerra y el nacimiento de la CIA durante la guerra fría. A través de sus flashbacks (expertamente coordinados por De Niro, debo decir), el filme nos muestra el club secreto y aristocrático de sus practicantes, la crueldad implícita en este tipo de trabajo (tortura o asesinato incluidos), sus errores y quiebres, y hasta la camaradería ultra-masculina de su entorno (ejem, con un tonillo homoerótico de por medio – basta ver como se ilumina Damon cada vez que se encuentra con el personaje de Billy Crudup, o la escena de lucha en el barro para ser aceptado en la secreta fraternidad de Skull and Bones en Yale). El filme es irreprochable en su pintura de las décadas que cubre, formalmente seguro, y excepcionalmente fotografiado.
El problema que tengo con este filme, más admirable que querible, es que es un estudio de carácter que revela muy poco sobre el carácter de su personaje principal. Matt Damon - quien va camino en encasillarse en estos hombres-cifra, todo secreto y nada a flor de piel; y me remito a las dos películas de Bourne y “The Talented Mr. Ripley” - es un buen actor, pero al final me quedé con más preguntas que respuestas acerca de su personaje. Uno entiende que es un hombre analítico por sobre todas las cosas, pero la visión que nos presentan aquí es la de un hombre que es casi un espectador de lo que sucede: es difícil creer que alguien que llega a manejar la contrainteligencia de Estados Unidos no tiene una pizca de ambición personal propulsándolo. La crueldad lo roza pero en pocas ocasiones él tiene un rol central, sino es más bien el testigo de la misma. Es como que las cosas le pasan a Wilson – y mucho se desprende de un sombrío legado familiar y su necesidad de demostrar lealtad. Pero es, al fin y al cabo, unidimensional – una gabardina gris con un hombre adentro.
Por otra parte, Damon está rodeado de personajes con mucha más vida que el suyo – bastan dos segundos de Angelina Jolie en pantalla, por ejemplo, para deshacer el artificio de su composición. Jolie tiene pocas escenas, en un personaje que es una variación de aquél de Anne Hathaway en “Brokeback Mountain”: la esposa ignorada y traicionada que va cayendo en desazón a medida que su juventud se va escapando. Es interesante comparar las dos actuaciones, una comparación que es favorable a Jolie por kilómetros: como el resto de nosotros, Anne no tiene ninguna chance de victoria ante el huracán Angelina, no queda más que rendirse. William Hurt muestra el quiebre de su mentor en la CIA con humanidad (y, gracias a Dios, nada del exceso operático que trajera a “Una historia violenta”). De Niro tiene un pequeño rol como el general que originara la CIA (y también tiene el parlamento más inverosímil sobre la necesidad de su control – es difícil de creer que algún ser humano se detiene a decir algo tan pomposo), y no es poco el decir que De Niro consigue con un simple rictus de su boca verse como salido de esa década, algo que Damon nunca consigue con todos sus anteojos y sombreros. Alec Baldwin como un agente del FBI que aparece a varias instancias es magnético como siempre. Y en el centro trágico de todos estos hombres, Michael Gambon como un profesor de poesía y espía que se niega a abandonar sus deseos en nombre de este trabajo.
En fin, una película que vale la pena ver, sobre todo por las actuaciones y la recreación de una época, si bien pudiera haber sido mucho más.