Expropiaciones en Corrientes
Estoy en todo de acuerdo con el editorial de La Nación sobre las expropiaciones impulsadas por el piquetero D’Elía (me resisto a llamarlo funcionario, porque no basta con un cargo para ganarse el respeto – hay que tener la dignidad que corresponde y D’Elía no la tiene). El impulso xenófobo detrás de la propuesta es claro, y si esto progresa entonces uno se pregunta donde termina. ¿Están seguras las propiedades inmobiliarias en Capital de los ciudadanos extranjeros – un rubro que sigue creciendo – cuándo un subsecretario puede irrumpir y dictar que sean expropiadas, quizás amparándose en la falta de vivienda para los sectores de menores recursos? ¿Y que hay de los servicios públicos en manos de empresas extranjeras – un área en la que Kirchner ya ha violado contratos y forzado su poder?
Por el lado de los apoyos, tenemos a Página /12 y los clásicos exponentes de la izquierda argentina. En su defensa, se centran en que esto no es reforma agraria y que simplemente se está expropiando para proteger el libre tránsito de los pobladores que quedaron aislados por las tranqueras, defender los recursos naturales de la zona, y declarar el ecosistema como área protegida. Pero más allá del primer argumento, que ya tenía decisión judicial y por consiguiente estaba en camino de resolverse, los otros dos simplemente parecen una excusa conveniente. Porque, al fin y al cabo, si estos terrenos son importantes para su preservación: ¿por qué no se los mantuvo como tierras fiscales antes de su venta a un inversor norteamericano, cuando estaban en manos del Estado? ¿O es ésta la nueva viveza criolla: primero el Estado te vende las tierras, te cobra la plata y luego te las expropia? Nadie parece poder explicar este punto, precisamente porque la explicación es una sola: se está poniendo en la mira a Tompkins por ser extranjero y no por ningún otro motivo. O como lo dijera Hebe de Bonafini (inexplicablemente, o no tanto, inserta en el medio de este escándalo), con su típica falta de sutileza: “que le demos una patada en el culo a los norteamericanos”
Lo que más me preocupa es el daño colateral que estas acciones le causan a los movimientos ecologistas. Aquí, como en el conflicto por las papeleras en la cercana Gualeguaychú, fuerzas políticas empeñadas en volver el reloj hacia cierta inexistente utopía marxista de los años 60 están cooptando mensajes ecológicos valederos para sus propios fines. Es hora de que las organizaciones ecologistas argentinas se despierten y empiecen a denunciar estos movimientos por lo que son: claros movimientos políticos por aumentar el poder de ciertas minorías de izquierda. Si no lo hacen pronto, quizás en un par de años se encuentren que no habrá movimiento ecologista por defender.






