13/5/06

De la crítica y los críticos

Estados Unidos definitivamente me ha arruinado en un sentido: ya no puedo leer una crítica de cine de un diario argentino (en este momento hablo de cine; pero se extiende a la crítica de teatro y literaria – el género es irrelevante) sin sufrir una depresión irremediable por su falta de vuelo literario, de invención, de placer de lectura.

La típica crítica de un diario argentino es como leer un recetario: estos son los actores, la fotografía está bien / mal, entretiene o no, vaya o no vaya a verla. Punto. Si quieren leer algo más personal les recomiendo el prospecto de algún remedio. En comparación, no puedo esperar a que lleguen los viernes para leer las increíblemente entretenidas y muchísimo más profundas críticas de los diarios americanos. Sea el New York Times o el San Francisco Chronicle, o las revistas online Salon o Slate, o el siempre venerado New Yorker la crítica en este país es un acto de creación literaria.

Comparemos por ejemplo un par de críticas de “Misión: Imposible 3 “. Este es un típico párrafo de la crítica de Diego Batlle en La Nación, hablando de Tom Cruise:

“Más allá de la egolatría de una superestrella que, como Cruise, está todo tiempo en pantalla (para colmo, Abrams trabaja una estética basada en planos cortos y muy cerrados sobre su rostro) y que -no contento con eso- debe resultar siempre irresistible para todos los personajes femeninos del film (”yo me casaría con él”, dice una mujer en el arranque, mientras las demás asienten con entusiasmo), el trabajo del protagonista como héroe de acción es decididamente funcional al relato.”

Por favor alguien me despierta cuando termine – lo cual va a ser dentro de poco porque la crítica se extiende sólo por nueve cortos párrafos. Con este nivel de escritura, menos mal. Primero que nada, el párrafo está mal escrito. Como prueba me remito a que, dentro de una sola frase, Batlle tiene que tirar tres aclaraciones entre paréntesis o guiones. Esto es simplemente falta de organización mental y hace la frase mucho más difícil de leer sin motivo alguno. Pero, aún peor, la crítica no tiene personalidad ni voz propia: su peor pecado es que no agrega nada que cualquier hijo de vecino no pudiera haber acotado y salvo la firma al final no hay nada que me indique que es Diego Batlle el que escribe. Y no es que me quiera ensañar con Batlle en persona – como decía éste es un tema de todos los críticos de diarios argentinos. Vinelli, López, Martínez, Scholz – todos pasan por el mismo meridiano. Son firmas intercambiables sin perder nada en el intercambio. No sé si es apuro, no se si es que vieron la película el día anterior y no tuvieron tiempo de pensar sobre ella (por su parte, los críticos americanos escriben sus criticas con una semana o más de anticipación), o si los diarios los presionan para que no se extiendan demasiado y sean poco personales. Cualquiera sea la razón, el resultado no es bueno.

Por otro lado, tomemos la crítica del inefable Anthony Lane en el New Yorker, en la parte que habla de Tom Cruise. Veamos la diferencia de profundidad - las deficiencias de estilo las pueden adjudicar a mi mediana traducción :

“El de sacerdote no es sino uno de los muchos disfraces que Ethan toma a través del curso de esta historia, cada cual un poco más ridículo que el anterior. En particular llama la atención el de hippie asiático con anteojos y gorro de lana, que luce por un total de veinte segundos con el propósito de evadir a la seguridad del aeropuerto. Hay dos razones para la ventisca de risas que corrió a través de la sala donde vi la película: primero, que ningún oficial de migraciones sería burlado por tal disfraz y, segundo, que cada vez que Cruise se disfraza termina pareciendose más - y no menos - a Tom Cruise. Decir que no existe ni la más mínima cuota camaleónica en su sangre no debiera entenderse como una critica personal: muchas estrellas masculinas, de Gary Cooper para abajo, han forjado largas carreras sobre la solidez de sus encantos monolíticos. La gente volvía una y otra vez a Cooper, como quien vuelve por otro vaso de gaseosa, porque sabia lo que iba a recibir de antemano. El que Cruise sea igualmente confiable es materia de controversia últimamente, y “M:i:III”, alerta a este debate, desliza un intercambio para sostenerlo. Ethan está discutiendo el flujo del tráfico, y el tipo sentado a su lado espera a que se aleje y emite un ronquido exagerado. No así un par de mujeres, que escuchan desde el costado. “Yo me casaría con él” , dice una. La otra agrega: “Yo también”

[…]

“M:i:III” puede leerse como un curso en el culto de Cruise. Para los amantes de “Top Gun,” tenemos el espectáculo de Ethan llegando en motocicleta a un avión que lo espera. Para aquellos que prefieren “Cocktail” y “Jerry Maguire,” hay un par de escenas, al principio y al final de la pelicula, en las que somos receptores de esa sonrisa confiada de marca registrada, la que dice “Mirá que bien que estoy”. Ese optimismo siempre me ha recordado vagamente a alguna otra figura cultural de nota y, finalmente, a mitad de la proyección de este filme, me vino a la mente: SpongeTom CruisePants (Tom Esponja)! Como nuestro amigo submarino, Cruise tiende a brillar más que las criaturas que lo rodean. El desperdicio de Michelle Monaghan, por ejemplo —quien fuera tan rápida y deseable en “Kiss Kiss Bang Bang,” tan deslucida aquí —es indefendible; como también lo es el pobre uso del tema musical de Lalo Schifrin, que es quizás el tema musical más contagioso jamás escuchado por oídos humanos.”

Veamos: voz personal, busca de contexto (en la comparación con Gary Cooper y los comentarios sobre hechos recientes), expansión de nuestra apreciación de varios momentos de la película – está todo ahí. Cuando uno lee una crítica de Anthony Lane, hay dos dimensiones: la primera de saber de que va la película en cuestión , pero una segunda dimensión literaria que utiliza a la película para iluminar el mundo que nos rodea y ponerla en contexto de nuestra evolución cultural. Lo mismo puede decirse de Mick LaSalle en el San Francisco Chronicle o de A. O. Scott en el New York Times. Esto no es una distinción menor: es la diferencia entre una pieza literaria y un aviso.

Y el resultado en general es uno de permanencia. Es por eso que en Estados Unidos se pueden publicar libros como “For Keeps: 30 years at the movies”, la antología de la increíble Pauline Kael, o el recién editado “American Movie Critics: From the silents until now” de Philip Lopate. Se los recomiendo por cómo ayudan a expandir la visión de lo que es el cine: me acuerdo hace unos quince años (acabo de deprimirme) de pasar por la Biblioteca Lincoln de la calle Florida para leer los volúmenes de antología de Pauline Kael y a través de sus ojos redescubrir muchísimos clásicos de Hollywood. No me puedo imaginar, a diez años a esta parte, leyendo una antología de Anibal Vinelli o de Diego Batlle. Sería una triste pérdida de tiempo.

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