Paralelos

El 2 de Junio de 1998, los votantes de San Francisco decidieron por segunda vez bloquear el pasaje de una emisión de bonos públicos para demoler y construir un reemplazo al Museo de Arte M.H. de Young, el más antiguo de la ciudad y que fuera dañado por el terremoto de 1989, al punto de ser inutilizable para exposiciones internacionales. Por un momento se pensó en abandonarlo – pero en la misma noche del 2 de Junio, cuando se asentaba la derrota electoral, la impulsora de la medida (Dede Wilsey, una controvertida versión local de Amalita Fortabat) decidió algo diferente: “De repente pensé: no voy a proponer otra emisión de bonos. Simplemente voy a recaudar el dinero yo misma”. Durante los siguientes siete años, Wilsey consiguió lo que parecía imposible: lograr, a través de la iniciativa privada, recaudar los más de 190 millones de dólares necesarios para refundar el museo, la más grande donación privada al patrimonio cultural público en la historia de San Francisco y uno de los mayores en la historia de los Estados Unidos. Durante esos 7 años, Dede Wilsey y su comisión lucharon contra viento y marea en una ciudad famosa por impedir más que permitir en materia de construcciones. Hubo reclamos contra el nuevo diseño, cientos de reuniones con la Junta de Supervisores (algo así como el Concejo Deliberante local), recursos en la Justicia para detener las obras. Pero finalmente, el nuevo Museo de Young – un imponente y controvertido edificio cubierto en cobre – abrió sus puertas el fin de semana pasado, con críticas que lo señalan como un triunfo arquitectónico. El museo no lleva auspicios, más allá de una placa reconociendo a los donantes. Y le pertenece de aquí en más a la ciudad de San Francisco.
La historia viene a colación cuando veo notas en La Nación de estas semanas hablando sobre el estado del Teatro Nacional Cervantes y la falta de dineros públicos (o de la voluntad de asignarlos) para restaurarlo. Leo cómo las obras necesarias no se hacen por temas burocráticos, como es el decidir el vallado adecuado para las obras o quién está a cargo. Leo como el periodista de La Nación desconfía de los aportes privados, como ser los de la Fundación Petrobrás, por el simple hecho de que quizás habría funciones reservadas para los integrantes de la misma (cual es el problema, no lo entiendo – mientras no afecte el funcionamiento de la sala y se haga en días que el teatro está “oscuro” me parece un buen compromiso). Leo las mismas peleas sobre si la tela original del techo debiera reinstalarse o buscar un fresco más moderno. Por sobre todo, leo falta de decisiones a todos los niveles.
Entonces, me pregunto si en Argentina es posible una confluencia de benefactores de la misma grandeza que aquellos que veo en el Museo de Young. Gente que crea en el patrimonio sin necesitar poner su nombre por encima de la marquesina, gente que cree que la cultura es responsabilidad de todos y no solo del gobierno de la ciudad o nacional. Y por otra parte, me pregunto si el gobierno esta lo suficientemente maduro para aceptar que no puede hacerlo todo, y que en muchas de estas áreas hay quienes están dispuestos a otorgar su dinero y su esfuerzo. La respuesta puede ser la salvación del Teatro Cervantes: otorgarle a una ONG la capacidad de decisión e implementación de las mejoras con supervisión de la Comisión Nacional de Museos. Y recuperar para la Ciudad rápidamente un teatro que se esta cayendo a pedazos.
Foto Museo DeYoung: Mark Darley / SFGate. Foto Cervantes: Ricardo Pristupluk / La Nacion
- La Nacion, Sociedad
Marcelo Tourne | Hora: 9:29 pm (PST) | Sin Comentarios » |







