25/7/05

De recambios y “divisiones”

Me llamó la atención el siguiente párrafo de Rosendo Fraga en su nota de La Nación de hoy sobre la fragmentación del peronismo. En ella, dice:

“Es discutible si el hecho de que se presenten dos partidos jurídicamente diferentes -aunque del mismo origen- viola la Constitución, pero al formar parte los tres senadores de un distrito de un mismo bloque en el Senado, es claro que la oposición se queda sin representación y ello sí sería inconstitucional.”

Me llamó la atención porque no creí que la Constitución dijera nada con respecto a la división de asientos en el Senado entre partidos políticos. Al fin y al cabo, los senadores supuestamente (aunque no en la realidad) representan a los intereses de una provincia, no directamente a los de los ciudadanos (los cuales son representados a través de los Diputados) ni a los de un bloque o partido político. Por lo que el hecho de que los 3 senadores provinieran de un partido, de dos o de más no debiera generar un conflicto constitucional. ¿No?

Error. En la Constitución de 1853/1860, es cierto lo que yo pensaba: los partidos políticos tienen sus garantías constitucionales de funcionamiento, pero no existe este tipo de reparto forzado. Los partidos políticos no son siquiera mencionados en el capítulo sobre el Senado.

Pero en la reforma impulsada por Menem en 1994 todo esto cambia: El artículo reformado ahora lee:

Artículo 54.- El Senado se compondrá de tres senadores por cada provincia y tres por la ciudad de Buenos Aires, elegidos en forma directa y conjunta, correspondiendo dos bancas al partido político que obtenga el mayor número de votos, y la restante al partido político que le siga en número de votos. Cada senador tendrá un voto.

Esto es un enorme error, y uno al que los ciudadanos de Argentina debiéramos haberle prestado un poco más de atención durante el proceso constitucional.

Primero que nada, existe la cuestión de que la mención de los partidos políticos en esta sección les da un realce que no debieran tener – e inmediatamente cierra el paso a quien quisiera postularse a Senador de manera independiente del sistema partidario.

Pero eso no es todo: el peor error viene cuando uno piensa en el proceso de recambio. Si de una elección a la siguiente se renuevan un tercio de los senadores, es decir una banca por Provincia: ¿Cómo se puede asegurar constitucionalmente que dos bancas le corresponderán al partido con la mayor parte de los votos y la tercera al segundo? Si el resultado de cada elección es independiente, entonces ¿por qué no se puede terminar con tres senadores del PJ o de la UCR luego de tres victorias consecutivas? La matemática fallaba.

¿Cuál fue la solución de nuestros ilustres constitucionalistas de 1994? Como renovando por tercios los representantes de cada provincia no se puede asegurar el reparto entre partidos, la única manera de preservar esta ley de porcentajes es renovando todos los senadores de una provincia al mismo tiempo. Esto genera una disrupción considerable: ya no existe el concepto entonces de un senador “senior” que lleva más años en el Senado cuando un nuevo senador “junior” accede al mismo. Lo que sufre en este caso es la continuidad de los intereses de la Provincia a manos de la persecución de un resultado electoral: la elección se vuelve un todo o nada por el control de un territorio a manos de un partido. Es también el caso más flagrante de “lista sábana”, donde el peso del primer candidato a Senador de un partido arrastra a su segundo de lista a un puesto que quizás no sea merecido – es un “happy hour” electoral, donde siempre servimos Senadores 2 X 1.

Y de alguna manera, quizás sea el germen de estas presuntas divisiones entre integrantes de un mismo partido. Tengamos algo en claro: todos los partidos políticos, y especialmente el Justicialismo, aspiran al control total. ¿Entonces, cómo se logra el control total si un 33% de las bancas va siempre a la oposición? Pues, ¡siendo nuestra propia oposición! Si la tercera banca va también a un justicialista “dividido”, pero que a la larga mantiene un voto similar al nuestro, entonces el control es casi absoluto.

¿Cínico, yo? Quizás. Pero no creo que sea al único al que se le ha ocurrido…

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