En general, mantengo este blog un poco separado de mi vida personal. Al fin y al cabo es una columna de opinión casi-periodística – al menos, eso me digo - y mantener cierta distancia parece lo más razonable. Pero de vez en cuando, algo sale en la red que me toca de cerca y ya no puedo mantenerme al costado.
En esta ocasión, es uno de estos ítems que vienen de recorrer la blogósfera. Un adolescente de 16 años, llamado Zach, publicó en su blog su desgraciada experiencia de contarles a sus padres que era gay. Zach vive en Tennessee, el corazón del cinturón evangélico de USA. Ni qué decir que los padres no se lo tomaron muy bien. No sólo eso, sino que lo enviaron a un programa evangélico de dos semanas para “curarlo” de su homosexualidad. No le dijeron mucho, pero Zach encontró las reglas del campo de reeducación en la casilla de email de sus padres. Aquí están. Ni decir que son espantosamente restrictivas, manipuladoras y casi fascistas.
Y ahora, leyéndolas, me vino a la mente una experiencia similar - aunque en una escala muchísimo menor - de la secundaria.
Yo cursaba en el Instituto San Román de Belgrano, y ya había tenido un par de encontronazos con mi profesora de religión de segundo año, centrados sobre todo en el hecho de que nunca tomé la Primera Comunión cuando era chico. Así que me anoté en un retiro espiritual de fin de semana, en parte para suavizar la situación y que la susodicha no creyera que era un hereje; en parte porque en esa época estaba un poco místico, y en parte - por qué negarlo - porque estaba re-atrás de un chico de 3er. Año que iba a participar del mismo (OK, en esa época mi mente me decía que quería ser amigo del muchacho en cuestión, pero en retrospectiva: el estómago se me hacía nudos cada vez que me lo cruzaba en la mapoteca, así que ¿a quién estamos engañando acá? La atracción que sentía por este pibe era magnética.)
El retiro en cuestión era por Villa Urquiza, o quizás Villa Devoto. Han pasado veinte años, así que los detalles son un poco difusos. Yo tenía 14 ó 15 años. El fin de semana pasó bastante predecible: desayuno, oración, tareas grupales, poco dormir, limpiar el cuarto, aislamiento del mundo externo, nada de diarios / TV / noticias ni otras distracciones. Puertas obviamente cerradas para que nadie saliera. Al menos logré charlar algunas veces con el muchacho de 3er. Año, con lo cual estaba satisfecho de que nos estábamos volviendo amigos.
Lo que sí recuerdo fue el último tramo del domingo, antes de que nos dejaran ir. El Padre a cargo del retiro nos juntó para una última oración, y luego nos dijo que cerráramos los ojos, y que nos imagináramos que delante de nosotros yacían nuestra madre o padre, muertos. Y que entonces nos imagináramos como todas nuestras malas acciones y el que hiciéramos cosas que estaban fuera de la Iglesia los había herido, y cómo no podríamos ya decirles que los queríamos nunca más, porque no los íbamos a ver en la otra vida si no nos arrepentíamos, empezábamos a ir a misa, dejábamos de pecar como lo veníamos haciendo y éramos católicos obedientes de ahí en más. Yo lloré. Todos lloramos. Me sentí como un hijo de puta por querer estar cerca de un muchacho del 3er. año.
El charter me dejó en la puerta del colegio una hora después. Empecé a caminar hacia mi parada del 64 para ir a casa. Salvo que no. Empecé a caminar más rápido. Los puños se me crisparon. Empecé a correr. Me acuerdo que lloviznaba. En la mente me empezaron a dar vuelta las últimas dos horas y me sentí tan manipulado, tan sucio porque un reverendo hijo de puta había logrado que me sintiera mal por ser quién soy, con tanta pero tanta bronca contra ese que sin conocerme ni a mí ni a mis padres tuvo la osadía de decirme que era un mal hijo, que me prometí que jamás me iba a dejar manejar así otra vez. Me sentí abusado. Corrí hasta casa, la adrenalina y la bronca haciendo que no perdiera el aliento.
Jamás volví a misa, salvo para algún que otro casamiento. Hoy tengo 36 años. Soy gay, tengo una pareja desde hace 8 años. Pero algo permanece, porque aún no he podido blanquear la situación con mis padres en Argentina.
Y así vuelvo al tema. Estos campos y estos programas no son nuevos – evangélicos o católicos, abiertamente anti-gays como éste o bajo el disfraz de algo más tranquilo como mi retiro espiritual del secundario. Lo que sí son es abusivos, y depredan la mente de un adolescente, inculcando culpas y miedos aún cuando uno tenga dos dedos de frente y note la manipulación que se está ejerciendo. Zach se merece algo mejor. El resto de nosotros, también.