31/5/05

José Claudio Escribano vs. bloggers

Otro día, otra nota con respecto al fenómeno de los blogs. Esta vez se trata de un artículo en La Nación, cortesía de José Claudio Escribano. Está preocupado, y mucho, por esta democratización de la opinión, por el hecho de que la red haya logrado que mucha gente pueda acceder a publicar lo que piensa sin tener que entrar por las puertas de un diario o restringirse a las cartas de lectores (las cuales, por supuesto, son editorializadas por cada diario a su gusto y conveniencia. – al fin y al cabo seleccionar cinco cartas de una pila de dos mil es editorializar.)

La nota ya huele que no va a ser imparcial desde el vamos, con el siguiente comentario:

“Lo que ha precipitado un debate como éste ha sido el fenómeno del bloggism o el de los miles y miles de aficionados al periodismo y a la fotografía que atoran, minuto a minuto, la red global con informaciones, opiniones e imágenes muchas veces de valor real y anticipatorio de cualquier posible manifestación, por ese mismo medio o por otros, de lo que estuviera en condiciones de transmitir el periodismo de categoría profesional.”

Más allá del tratar de sonar imparcial hacia el final, rescatando el valor de algunos bloggers, el uso del verbo “atorar” ya presume un juicio de valor. Estamos atorando la red con todo este contenido sin filtrar. Por favor. Se solicitan voluntarios para explicarle a Escribano como funciona la red.

Dos párrafos más abajo, se cae toda pretensión de imparcialidad, al poner el foco sobre todo lo posiblemente negativo:

“Quien hoy disponga de una computadora e inaugure un sitio está en situación de disparar por cuanto intersticio haya abierto en la órbita electrónica lo que le venga en gana por impulso del conocimiento o por la fuerza de las emociones. Es una posibilidad nada desdeñable, es cierto, para quienes padezcan de extroversión compulsiva; para maniáticos, neuróticos y hasta para sinvergüenzas dispuestos a condenarse en uno de los comportamientos más canallescos, como el de la imputación anónima.”

Ay. ¿De dónde viene este tipo de agresión? Porque al fin y al cabo, Escribano es el subdirector de La Nación, con lo cual esperaría algo de más sutileza al hablar de otros comentaristas, no simplemente centrarse en los “maniáticos, neuróticos y hasta sinvergüenzas.” El problema no es en la mención de que haya sinvergüenzas en la red (duh), sino que al centrarse sólo en este aspecto me parece que la intención es la de sembrar sospechas: nosotros, los medios, somos confiables – estos que escriben por ahí, quién sabe.

El artículo sigue por la misma senda por el resto de la nota. Algún comentario sobre las declaraciones de Sussman en la reunión de Seúl. Alguna preocupación de que los bloggers sean la cara visible de algún lobby (por mi parte prefiero dejarle esa distinción a La Nación, que más de una vez parece ser el órgano editorial visible de la Iglesia Católica). Algo sobre el valor de los bloggers en situaciones extremas – tsunamis, etc.: parece que a Escribano le parece bien que existamos cuando podemos proveer material que los otros no tienen, pero le molesta mucho cuando comentamos, opinamos o corregimos cosas que la prensa haya publicado. No menciona nada con respecto al hecho de que muchos periodistas o voces de opinión tienen blogs, como ser Andrew Sullivan, Arianna Huffington, Mickey Kaus, etc.

La nota cierra con lo siguiente:

“En última instancia, sí, periodista puede ser cualquiera, pero a condición de que esto sea entendido como afirmación de que todos nacemos con el derecho a la libertad de expresión y de que haya lugar para preguntar si cualquiera puede ser odontólogo y sentirse facultado a extraer las muelas del prójimo.”

Me parece que la confusión está precisamente ahí: yo no creo que muchos bloggers pretendan ser periodistas, sino que muchos bloggers pretendemos tener columnas de opinión. Yo no pretendo, por ejemplo, investigar nuevas notas. Si pretendo opinar sobre lo que me parece son desviaciones o editorialización de ciertas notas por varios medios, La Nación entre ellos. Y una columna de opinión no implica un título de periodista: al fin y al cabo, muchas de las columnas de opinión que publica La Nación, así como otros medios, no son escritas por periodistas: Martín Redrado no es periodista. Miguel Ángel Broda no es periodista. Roberto de Vicenzo no es periodista. Así, muchos más. Escribano podrá, con justicia, alegar que estas son personas conocidas y por tanto sus opiniones son de interés para los lectores, pero: ¿por qué no dejar que los lectores decidan? Quienes lean este blog podrán decidir si están de acuerdo o no, y si lo que escribo no tiene gollete dejarán de leerlo.

Esto es confiar en la capacidad para discernir de los lectores – quizás Escribano no quiera depender de algo tan fuera de su control. Por mi parte, me sienta de maravillas.